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martes, 20 de enero de 2015

SACAR FUERZAS DE DONDE NO LAS HAY


¡Cuántas situaciones hay en la vida en las que hay que sacar fuerzas de donde no las hay! La crisis nos ha traído unas cuantas a nivel empresarial y personal. Al borde del desaliento, levantándote una y otra vez a pesar de los golpes. Caída de ventas, reducción de márgenes, morosidad, encima ahora te retiran la financiación, miedo, personal con más miedo. Se abren los frentes uno tras otro. Tapas una via de agua y aparece otra. Tomas aire y sigues. Asuntos entre el mundo profesional y el personal, como el despido o el acoso. No digamos ya en el ámbito personal, problemas grandes y pequeños que se van amontonando. El peso se hace insoportable y parece que tira de ti, que te hunde. Haces “de tripas corazón”, para que en el trabajo, en casa, no noten tu estado de ánimo e incluso les animas tú a ellos…  sigues tirando. Una vez más, has sacado fuerzas de donde no las hay.

Cuando alguien no consigue sacar fuerzas de donde no las hay, puede caer en una depresión, tirar la toalla, no asumir el error o el golpe, aislarse o que lo aíslen, no querer ni oír hablar de todo lo bueno que le rodea. En un estudio liderado por el Dr. Thompson en la Universidad de Maryland en el que sometió a un grupo de ratones a situaciones deprimentes que generaban indefensión, los ratoncitos entraban en depresión renunciando a esforzarse porque todo era inútil. Les aplicaron fármacos antidepresivos, con serotonina, fundamentalmente y descubrieron que en los ratones que no mejoraban su estado depresivo, sus circuitos neuronales no habían asimilado la serotonina. Thompson asemejaba el incremento de serotonina a hablar alto en una discoteca, si no te llega, da igual que grites. Gente como el Profesor Martí Ramírez de la Universidad Complutense de Madrid huye de la simplificación, hablan de “modelos de neuromodulación”, vamos, que tenemos tantas cosas en la cabeza que influyen y varían de un individuo a otro que pensar que por la química alcanzamos la felicidad es un poco simplista. Cuando te disgustas puede desaparecer el apetito, de igual manera, a tus neuronas puede no apetecerles la hormona de la felicidad.

La química se nos queda corta, necesitamos algo más. La motivación, lo que toda la vida se ha llamado “voluntad”: “Un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta” (Anita Woolfolk) Hay tantas motivaciones como personas y circunstancias. Tantos libros, teorías, aplicaciones. Aplicaciones dentro y fuera de la oficina. Desde el punto de vista filosófico, psicológico, pedagógico… La recompensa o el castigo. Maslow, Herzberg, Locke, McGregor, Vroom, Porter y Lawler, Galbraith, Alderfer (Entre los pensadores modernos) Platón, Aristóteles… (Entre los clásicos) En mi opinión el problema es el “mantiene”. Recientes estudios están llegando a la conclusión de que la voluntad tiene un límite, que la energía tiende a gastarse. ¿Qué hacemos? ¿La guardamos? Almacenar energía también gasta energía y termina disipándose. Las pilas, de no usarse, se gastan. ¡Pilas recargables! ¿Pero con qué?

La Felicidad, estado emocional que proporciona paz interior, estimula el enfoque positivo, y la motivación, da satisfacción y alegría, nos predispone a compartirla con los demás, se trasmite, es contagiosa... La felicidad no es tener eso, ni ser eso, ni estar allí.  Es un estado emocional que proviene del interior, eres tú quien decide ser feliz o no ante un estímulo. Depende de tu actitud.

La actitud es ser optimista. Tali Sharot en una entrevista concedida recientemente a E. Punset viene a decir que somos optimistas más por intuición que por la razón, que tenemos un “sesgo optimista” sobreestimando las experiencias futuras positivas, creemos ser mejores que los demás y además tendemos a pensar que los motivos son fundados. Parece que en general nos “venimos arriba” cuando somos optimistas, eso sí, distorsionando un poquito la realidad. Irreal a veces, ¿pero no nos  hace eso superarnos a nosotros mismos? Un optimista no es el que se cree mejor que los demás y dice “El ascenso es mío, soy mucho mejor que …”  Luego, cuando se lo dan a otro, se hunde en la miseria y en la envidia. El optimista acepta el golpe (no hay vuelta a atrás) y lo ve como una nueva posibilidad, dejando atrás ese golpe. “He hecho todo lo posible, quizás no era mi puesto y el que es para mí está fuera esperándome”, redefine su estrategia para el próximo objetivo. Es más posible que mejore en su carrera el optimista que el que no lo fue.

La vida es un sinfín de cosas buenas y malas, nos solemos fijar en las malas. Si vemos un grupo de jóvenes en una estación de tren rompiendo cosas y armando un buen jaleo, nos fijamos en ellos. Incluso escucharemos algún comentario de “cómo está la juventud”, y no es cierto, probablemente hay muchos más jóvenes en la estación y su comportamiento es responsable.

“Sacar fuerzas de donde no las hay” es una “mier…” de frase. Solo dice que has superado un obstáculo agotando las reservas de la pila. ¿Qué pasará con el siguiente? ¿Será el siguiente golpe el que te mate, el que te convierta en ratón? No estoy hablando de una carrera corta en la que un poco de dolor se puede soportar un rato, cuando llegas a la meta termina. Me refiero a La Vida, que es una carrera de fondo, donde si la ves de forma negativa no terminará nunca el dolor porque siempre habrá algún problema.

Hagamos el proceso al revés de cómo lo hemos visto. Estás preparado genéticamente para ser optimista, sólo tienes que empezar a serlo, empieza esforzándote todos los días por ver algo positivo de lo que te ha pasado o de tu entorno, pronto empezarás a ver más cosas de las que pensabas. Estás enfocando tu vista, si siempre has estado en la oscuridad y sales a la luz, te costará acostumbrarte, si insistes, al rato verás mejor y mejor. Poco a poco serás más feliz y entrarás en la espiral ascendente, es contagiosa en ti mismo y en otras personas, te acercará a los demás y los demás compartirán también tu felicidad. Combínalo con motivación o voluntad y dejará de ser una risa tonta pasajera como la del metro porque tendrá un objetivo. Hemos visto que motivaciones hay tantas como personas y circunstancias. Busca las tuyas para cada circunstancia. Definid las que queráis, pero definid bien vuestras prioridades finales, son a las que os vais a aferrar cuando las necesitéis. No las olvidéis aunque tengáis otras secundarias.

Lo demás viene sólo. Generas serotonina, los sistemas neuronales están predispuestos a aceptarlas y entras en una espiral ascendente. Ves con más facilidad lo bueno que te rodea, las decisiones las tomas sin miedo o angustia, lo cual te permite ser más creativo y tener más opciones,…


Dicen que lo positivo atrae a lo positivo y lo negativo a lo negativo, ¡cuentos de viejas! La realidad es que cuanto más positivo seas tienes más posibilidades de solucionar los problemas simplemente porque tu predisposición y felicidad abren las opciones y aumentan la voluntad. O te ayuda a pasar página, porque el problema no tiene solución y tienes que seguir buscando la felicidad. No se trata de que no duelan los golpes. ¡Claro que duelen! Se trata de cómo se encajan. Todo por empezar a ver las pequeñas cosas buenas que te rodean, sin coste alguno, salvo hacerlo a diario.


Diego Lias

domingo, 29 de junio de 2014

CUANDO LA EMPATIA DUELE


Existen numerosos estudios en el contexto de la medicina que correlacionan el nivel de empatía del médico con la mejora del paciente. El estudio de la Universidad Thomas Jefferson, en Estados Unidos, realizado sobre 891 diabéticos, demostró una mejoría relevante en los pacientes tratados por médicos más "empáticos". El estudio se realizó durante tres años . Existen otros muchos estudios sobre esta correlación, incluso uno que creo que está desarrollando la Clínica Universidad de Navarra en la actualidad. Con esto, os quiero decir que la ciencia se está tomando muy en serio el demostrar empíricamente algo que, a nivel popular, ya intuíamos.

El que muchos de estos estudios partan de la medicina, se debe posiblemente a que las situaciones de dolor extremo se se dan con más frecuencia en hospitales. El miedo a la muerte y la misma muerte son las causas de estrés y dolor más importantes. Pero no quiere decir que el dolor y el estrés se den sólo en medicina, en el mundo cotidiano y en el de la empresa también hay situaciones de miedo, dolor y frustración que tratados con empatía hacen que el “paciente” mejore, o por lo menos que no sufra tanto.

¿Por qué, si es beneficioso empatizar, no se hace habitualmente? Yo creo que por dos motivos. Por egoísmo y por miedo al dolor. Por egoísmo, porque directamente no se piensa en los demás. Pero muchísimas veces por miedo al dolor, porque cuando te pones en el lugar de la otra persona, que está sufriendo… duele.

Volviendo a la medicina que nos es tan cercana. Estoy convencido de que los médicos que no son empáticos, no lo son por que ven a diario muchísimo dolor. El empatizar tan a menudo con el dolor de los demás, les afecta tanto y les es tan insoportable que se crean una coraza. Esto mismo lo he visto en muchas personas del departamento de personal, que incluso no son abiertos con otros compañeros porque es mejor no conocer al que, a lo mejor, algún día, vas a despedir. Evitas así empatizar. Se convierten en un número.

Desde mi experiencia, la coraza, en primer lugar, no sirve. Crees que no te llega, pero no es así. Meterlo debajo de la alfombra solo lo oculta, pero está ahí. La alternativa es pasar al punto primero, el egoísmo, o al final, terminar empatizando. Conozco gente con coraza, pero creo que sería imposible para ellos pasar al punto primero, sinceramente porque tienen un gran corazón, sufren y por eso llevan la coraza.

A todos nos ha pasado en alguna ocasión lo que os voy a contar, sobre todo en casos de extremo sufrimiento. Tienes delante a alguien que le ves sufrir. No puedes ni siquiera evitarlo y te metes en la piel de la persona que tienes delante. No entiendes su sufrimiento, lo sientes tu mismo. Y, a veces en un segundo, con sólo una mirada, un gesto, un roce… se establece la conexión. Sin saber porque, es… es como si tú te hubieras llevado un poco de su dolor. Pero también nos ha pasado estando al otro lado. También en ese mismo instante, hemos sentido como un "Gran suspiro", como si el peso que llevas en el pecho, de repente, se cayera con el mismo suspiro a los pies. Se relajan los hombros y sientes que ya no llevas tanto peso. Se produce en un segundo, pero ni uno ni otro lo olvidan jamás. ¿Verdad?

A todos nos espanta el dolor, esperamos que nos alivien y sólo queremos ser felices. A veces empatizar duele y mucho, pero si no estamos en el grupo de los egoístas… de verdad ¿no merece la pena? ¿Dónde reside nuestra felicidad? ¿Solo en nosotros?

Diego Lias